domingo, 21 de marzo de 2010

Poesía chilena en el Centro-Lector

“La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración…” Octavio Paz.

Dentro del mundo de las letras, nuestro país destaca por la alta calidad de su poesía. A lo largo de generaciones, hemos visto como hombres y mujeres han expresado con belleza y maestría aquello que ven, sienten y piensan a través de la palabra.

Ofrecemos algunos de los títulos que puedes encontrar en el Centro-Lector.

Miguel Arteche Destierros y tinieblas
Efraín Barquero A deshora
Julio Barrenechea Diario morir
Alejandra Basualto Carmen Berenguer Territorio exclusivo
Claudio Bertoni Roberto Bolaño Naciste pintada
Eugenia Brito Elicura Chihuailaf Ni yo
Pablo De Rokha La universidad desconocida
Rosamel Del Valle Dónde vas
Mario Ferrero De sueños azules y contrasueños
Oscar Hahn Obras inéditas
Vicente Huidobro Crónicas de Nueva York
Alejandro Jodorowsky Poesía y pintura
Enrique Lihn Poemas de amor
Gonzalo Millán Claro/oscuro
Gabriela Mistral Cartas de amor
Jorge Montealegre Bien común
Rosabetty Muñoz Canto de una oveja del rebaño
Pablo Neruda Memorial de Isla Negra
Nicanor Parra Hojas de Parra
Roberto Parra Cuecas choras
Violeta Parra Volver a los 17
Nadia Prado Copyright
Armando Roa Vial Elogio de la melancolía
Gonzalo Rojas Antología de aire
Jorge Teillier Los dominios perdidos
Armando Uribe A peor vida
María Inés Zaldívar Artes y oficios
Raúl Zurita La vida nueva

Antología de la poesía chilena contemporánea
Antología de la poesía femenina chilena
Antología de la poesía religiosa chilena
Antología crítica de la poesía chilena
Antología crítica de la nueva poesía chilena




La (anti)poesía según dos grandes:

La montaña rusa Nicanor Parra
Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa
Suban, si le parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.





Arte poética Pablo Neruda
Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores
posiblemente de otro modo aún menos melancólico,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de sustancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario